Alice Kisiya tiene 30 años. Es originaria de Belén y posee, un hecho poco común, la nacionalidad israelí. Sin embargo, esto no ha impedido que los colonos se adueñen de sus tierras, allí donde se alzaban la casa familiar y el restaurante de sus padres. Cada día, Alice regresa al lugar para desafiar esta desposesión, sola frente al ejército israelí que protege a los colonos. Su doble identidad, lejos de protegerla, hace que su lucha sea aún más simbólica: encarna una forma de resistencia civil, decidida y frontal, llevada a cabo en el corazón mismo de un sistema colonial.