Cuatro mujeres están encerradas en una habitación. Su mayor castigo no es la habitación, sino la una a la otra. Cuatro mujeres son reunidas en un espacio cerrado y artificial donde nada es lo que parece. Lo que comienza como una búsqueda de explicaciones, crece hasta convertirse en un juego asfixiante de confrontaciones, manipulación e intentos fallidos de conexión. Cada una de ellas se aferra a viejos patrones de comportamiento: la observadora, la seductora, la salvadora, la investigadora, pero en la confrontación con la otra, las máscaras comienzan a romperse. El espacio parece respirar con ellas, amplificar las tensiones y enfrentarlas sin piedad consigo mismas. Las palabras pierden su significado, las intenciones se deforman y la verdad resulta cada vez más difícil de captar. Mientras las relaciones mutuas se endurecen y escalan, se ven obligadas a enfrentarse no solo a las demás, sino también a sí mismas. En su afán por ser vistas, comprendidas o deseadas, pierden todo sentido de conexión real. Su mayor prisión resulta no ser la habitación, sino la forma en que se miran a sí mismas y a la otra. Atrapadas en su incapacidad para establecer un contacto real, intentan desentrañar una pregunta: ¿Por qué estamos aquí? Pero quizás la verdadera pregunta no sea por qué están aquí, sino si alguna vez podrán escapar de lo que se han convertido la una para la otra y, si no, permanecer condenadas la una a la otra para siempre. ¿Somos quienes creemos ser, o nos quedamos lentamente atrapados en la mirada del otro? Esta representación es una creación completamente propia, con texto recién escrito y personajes de Dave Wiggers y Hanneke van de Kerkhof, en estrecha colaboración con las actrices. La obra es una interpretación contemporánea, inspirada en el concepto de Huis clos del filósofo francés Jean-Paul Sartre, en el que el otro no es solo espejo, sino también límite y prisión. “El infierno son los otros, pero los otros somos nosotros.” — Jean-Paul Sartre