Agatha, de 90 años, lleva una existencia solitaria en su granja ancestral, donde preserva semillas antiguas en un universo moldeado por sus propias manos. A la vez prácticas e impregnadas de espiritualidad, sus acciones son anteriores a las comodidades modernas. Sin permiso de conducir, sin teléfono móvil, sin agua corriente ni siquiera una línea fija funcional, los rituales cotidianos de Agatha forman un contrapunto sorprendente a la vida contemporánea.