Estamos a finales de los años 30. Un pequeño grupo de enfermos intenta como puede convivir en una casa de campo reconvertida en lugar de cuidado. Este lugar acoge a personas que, como ellos, padecen una enfermedad extraña que tiene la reputación de transformar a la gente en erizos. Esta enfermedad da miedo porque es la enfermedad de los raros y de los inadaptados, la enfermedad de aquellos que querrían tocar y ser tocados, pero que tienen la piel que pincha.
En esta casa que reúne a un puñado de enfermos que nada parecía destinar a vivir juntos, se pretende construir un lugar de utopía. Entre momentos de cuidado, talleres de fanfarria y tiro al fusil, la vida podría ser casi dulce para los residentes del extraño pequeño lugar, pero sería sin contar con el hecho de que la enfermedad a veces mata, que los tiempos son de invierno y que nada es más frágil que una utopía.
Con este espectáculo, como con los anteriores, el colectivo Greta Koetz intenta hacer la síntesis entre la escritura rigurosa de un relato en el sentido más clásico del término y la búsqueda de la más alegre y absoluta libertad en el escenario. Buscan conjugar la belleza de la forma y la vitalidad del caos. Se encuentran, mezclados, improvisaciones caóticas, diálogos agudos dignos de un guion de Jacques Prévert, momentos de farsa y tragedia, momentos de música y alegres alborotos. Un cuarto histórico, tres cuartos disparatado, el relato que tejen los Greta Koetz interroga su desamparo frente a la época, celebra su sed de común y lucha con una candidez, a veces cáustica, a veces llena de dulzura, contra la tenaz sensación de estancamiento que a veces los corroe.