El amor como terreno de relaciones y de deseos, el colapso como repentina pérdida de referencias, fractura con el mundo. Entre estas dos experiencias humanas y totalmente contemporáneas, Frédérick Gravel compone un concierto coreográfico para un grupo comprometido en la travesía de ritmos e intensidades todo en contrastes. Esta creación en forma de laboratorio bullente no deroga a la línea coreográfica llevada a tambor batiente por el coreógrafo quebequense desde 2004: una abundancia que intenta cosas, se rompe la cara, intenta de nuevo, sobre una energía propulsada por las profundidades de la música rock. Pero en 2026, es un sentimiento de desfase, una impresión de entrar en colisión con la textura de la época que lleva la danza, que llega al desequilibrio. Los cuatro músicos y los seis bailarines son el pulso y la energía de estos intentos de retomar pie. Los cuerpos están aquí tomados en la tormenta, recorridos de gestos contradictorios, oscilando entre rapidez y lentitud extremas. Las existencias están fragmentadas pero la vitalidad continúa corriendo, mientras que el tiempo se dilata o se contrae. La esperanza y la pérdida se codean de cerca, la fragilidad y la tensión son puestas en relieve, sin hacer trampa, bajo una atmósfera eléctrica.