Hay música que reconoces de inmediato, como si estuviera grabada en la memoria colectiva. El Réquiem de Tomás Luis de Victoria es una de esas obras: una manta sonora de esperanza y confianza que te envuelve reconfortantemente. Escrito para el funeral de la emperatriz Maria van Spanje, este no es un grito de desesperación, sino un ejemplo de serenidad vivida: voces que se sostienen, se abrazan y se sueltan en un juego de sombras y luces. Tenebrae deja respirar al Réquiem con texturas transparentes en las que cada matiz brilla como una chispa. Las líneas a seis voces se despliegan como un organismo vivo, sobrio donde es necesario, intenso donde debe serlo. Los motetes del contemporáneo de Victoria, Alonso Lobo, colorean aún más el programa: más terrenales, más cromáticos, algo inquietos, como si el espíritu de los tiempos cambiantes tallara grietas en el sonido renacentista.