Tres hermanas viven recluidas en un pueblo japonés y conmemoran la desaparición de su padre, un jefe de empresa ingeniero en robótica. Una de ellas es reemplazada por un androide programado por el patriarca difunto antes de su desaparición. Mientras la vida sigue su curso, que se habla de todo y de nada, algo pesado planea en el aire. Solo el avatar de la hermana se desprende de este falso semblante y porta una palabra sincera, inquietante. Bajo nuestros ojos, un ballet de actores y actrices habita el tiempo que pasa. El diálogo de los cuerpos –para algunos robotizados por un minucioso trabajo coreográfico– juega con el límite entre lo real y la verosimilitud. Al retomar la adaptación japonesa de Oriza Hirata, la directora de escena encuentra nuevas resonancias a la pieza creada originalmente por el escritor Anton Tchekhov. Pero Les Trois sœurs (versión androide) son independientes de la obra rusa: la artista nos propone una lectura nueva y singular que hace eco a los desafíos que nos preocupan hoy: ¿qué es lo que define nuestra naturaleza humana, en un contexto donde nuevas inteligencias emergen, cada vez más potentes? Estamos inmersos en una atmósfera extraña donde ya no se sabe quién detiene el poder si no son las múltiples estructuras sociales y familiares que encadenan; y donde las revelaciones se hacen sin estruendo. La violencia sorda es exacerbada por el contraste con un espacio estético, acolchado, lleno de conveniencias. Jasmina Douieb, artista socia del Varia, pone el dedo en nuestra relación con las violencias múltiples: las del secreto de familia y las dinámicas de poder. Nos confronta también a la cuestión de la finitud y nos propone una verdadera filosofía del compartir, del vínculo y de la empatía.