Los caballos y los bailarines tienen esto en común: ser criaturas adiestradas, admiradas, moldeadas por un imaginario que disimula una realidad hecha de trabajo arduo, de dinámicas de poder a veces cuestionables. En el escenario, los dos artistas bailan en silencio mientras sus voces nos llegan desde otra parte. Porque hablan entre sí, se hacen confidencias, ironizan sobre su condición de intérpretes.
Divertido y cínico, usando una ironía feroz, el espectáculo cuestiona el precio a pagar para ganar el amor del público.