Las lenguas se sueltan, los viejos rencores salen a la superficie, los secretos ya no lo son y el acorde tocado por el peso del cuerpo de Didier es horrible. A través de una galería de personajes pintorescos, como es costumbre decir en toda buena presentación de espectáculo, de espectaculo, de espectáculo, Ronald Alexandre nos traza el retrato del pueblo y de sus habitantes en un monólogo pintoresco.
Vaya, ya he dicho pintoresco.
Vertiginoso, entonces.
No solo el público descubre una historia sensible y mordaz, sino que, además, se convierte él mismo en parte interesada del desenlace de esta sórdida historia...
¡Bienvenidos a Fourbichet-les-Trois-Collines!