Hay veladas que salen de lo ordinario. Esta es una de ellas. Nanook llega al escenario como one man band, tocando hasta cinco instrumentos simultáneamente — guitarras acústica y eléctrica, slide, armónicas, bombo y pandereta con el pie — para embarcarnos en un viaje al corazón del Blues más auténtico y visceral que existe. Pero más allá de la actuación, es también una lección de historia viva. Entre cada título, Nanook cuenta. Sitúa las canciones en su contexto, desde la esclavitud al movimiento de los derechos civiles, de la segregación a las grandes mutaciones de la América del siglo XX. Los clásicos del Blues y de los espirituales cobran vida con una identidad propia, convocando el espíritu de Son House, Leadbelly, Muddy Waters o Jimi Hendrix — fantasmas inmensos que se cree oír merodear en cada nota. Íntimo y potente, sabio y habitado, el espectáculo de Nanook es uno de esos conciertos raros donde la música y la memoria se unen para ser una sola. A no perderse bajo ningún pretexto.