Cuando un payaso se va a vivir a un palacio, no se convierte en sultán. No, el palacio se convierte en un circo. En un búnker armado —a la vez palacio y parque de atracciones—, dos figuras excéntricas se preparan para un último festín, en la víspera de la revolución. Lieselot Siddiki crea una bacanal de riqueza desenfrenada y miedo latente.